Por alguna atinada razón
las cosas a veces no pasan hasta que te encuentras un poco
más preparado para ellas. Desde hace 4 años
disfruto las paradisíacas aguas del Caribe Mexicano
buceando en los arrecifes que se encuentran entre Isla Mujeres
y Cancún como Chitales, Cuevones, Remedios y los que
se encuentran ubicados al sur de Punta Nizuc como San Toribio,
el Túnel, Gran Pin, Aristos, etc. Durante este tiempo
fui adquiriendo confianza acostumbrándome a la fauna
del lugar; como las barracudas que en ocasiones emergíamos
entre ellas, las cuales cortésmente dividían
su grupo para dejar pasar a los extraños seres que
soplan ruidosamente burbujas.
Pero siempre me preguntaba:
¿Qué se sentirá estar en presencia y
a merced del rey de los mares? del fabuloso incomprendido,
difamado y tan temido tiburón. Pero la prueba de fuego
no llegaba y fuimos aflojando la mandíbula al morder
el regulador y relajándonos.
Llegó el día y todo comenzó de la manera
habitual, en este mar que tanto he aprendido a amar. Nos sumergimos
con esa maniobra que abre la puerta entre dos mundos, viendo
el cielo y cayendo al agua, tomamos la línea de descenso
y bajamos lentamente.
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A los 15 minutos de iniciada nuestra inmersión
y de continuar nuestra casería fotográfica;
el guía que estaba al frente se detuvo y de
espaldas a mí hizo la señal de alto.
Luego vino una cascada de señales; tiburón,
todo esta bien, al piso. Recordé las escenas
de guerra donde el comando se topa con una patrulla
enemiga durante la noche, en los dos casos la misma
secuencia de señales: Alto, peligro, silencio,
al piso muchachos, y después sigue la tensión
donde se escucha respirar al enemigo, sin pestañear
para no precipitar una lluvia de balas.
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Pero, ¿Dónde
estaba? De repente pude ver las inconfundibles aletas, el
rey pasó lenta y majestuosamente, casi sin aletear
enfrente de nosotros, pude ver la cabeza típica que
siembra terror como pocas cosas en los neófitos; aprecio
y respeto en los buzos. Mi corazón empezaba a latir
con fuerza y comencé a burbujear como alkaseltzer.
El escualo continuó lentamente hacia el fondo, como
un submarino nuclear sumergiéndose hacia los arrecifes,
era un tiburón gris. Pasmado, en trance lo vi descender
a 3 mts. de nosotros, contemplándolo y admirándolo.
Un ingeniero naval hubiera
aplaudido tanta eficiencia en el diseño y aerodinámica
y un capitán de submarino palidecido de envidia por
lo silencioso y lo efectivo de sus movimientos. Estábamos
en armonía contemplando la cúspide de un verdadero
diseño naval en donde el arquitecto había sido
la misma de la naturaleza; el encargado de vigilar y limpiar
nuestros océanos manteniendo así el delicado
equilibrio de las especies y ecosistemas marinos.
Extraña e inauditamente
para mí no sentía el miedo que esperaba, sino
admiración por esta criatura perfecta, que tantos secretos
guarda sobre el control de enfermedades infecciosas y padecimientos
oncológicos y que representa la probable cura de enfermedades
en un futuro.
Ahí nos quedamos, admirados
de tanta belleza, dando gracias a Dios por darnos la oportunidad
de armonizar con su naturaleza, belleza inaudita de los arrecifes
y de esta maravillosa criatura. Sin pánico, sin salidas
abruptas y descontroladas más peligrosas que el tímido
tiburón, sin alterar el plan de buceo continuamos los
15 min. restantes sin poder volver a visualizar al rey de
los mares, su majestad se había retirado a sus habitaciones
y no deseaba ser molestado.
Finalmente logré superar
una etapa muy importante, algo que era parte de mis pesadillas,
y esto es algo que el buceo nos ofrece; además de conocimientos
en biología, física, medicina y ecología
nos enseña a controlarnos y relajarnos, a contemplar,
admirar y armonizar con la naturaleza. Unos minutos le bastó
al rey de los mares para romper prejuicios en mi mente, dentro
y fuera del agua y finalmente poder pasar al otro grupo de
los buzos que pueden decir: ¿Tiburón?.
¡Ojala que hoy
podamos ver uno y armonizar con respecto con el rey de los
mares!
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