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Una vez equipados, nos sentamos en los bordes de la embarcación y nos dejamos caer de espalda al infinito azul. Al descender desde la superficie asoleada y calurosa hacia las profundidades de este nuevo mundo, siento la fresca caricia del agua al llenar el vacío entre mi piel y la protección de mi traje de neopreno. Al seguir descendiendo, siento la presión sobre mi cuerpo como el firme apretón de manos de unos viejos amigos. Me siento cómodo y listo para emprender la búsqueda de mi encuentro mágico.
Todo es belleza. Todo es paz. El único sonido que escucho es el de mis burbujas y el latir de mi corazón. A lo lejos está el grupo, a mi alrededor; las maravillas de la creación. Prefiero guardar mi distancia y gozar de lo que me rodea.
Despacio, todo bajo el agua es lento, paulatino y deliberado. Trato de evitar movimientos rápidos y bruscos. No quiero espantar a los peces conocidos que me rodean ni dañar el arrecife que es su hogar. Estoy rodeado de colores verdes, plateados, amarrillos y otros que son indescriptibles. Un pez ángel me hace el favor de posar amistosamente para la posteridad y yo aprovecho la invitación.
Las condiciones son benignas en ésta, mi última inmersión. El agua es tibia, rica. La visibilidad es favorable. No hay corriente y a profundidad no se siente el oleaje. Puedo flotar en mi mundo con absoluta libertad. Vuelo lentamente por encima de formaciones de coral, de esponjas y de otros seres alienígenos, únicos a mi universo.
Rodeando una formación curiosa de rocas, he perdido de vista al grupo. Al darme cuenta de la soledad absoluta y total en la que me encuentro, Me quedo completamente inmóvil. Respiro lenta y profundamente. No es la primera vez que el pánico ha buscado apoderarse de mí. No será tampoco la última. Empiezo pausadamente a contar; 1, inhalo; 2, exhalo; 3, inhalo; 4, exhalo. Cuento lentamente hasta 10, sin dejar de tomar aire y soltarlo. Siento entonces como el agarre de aquellos fríos dedos sobre mi cuello empieza a debilitarse hasta dejarme completamente libre.
Al abrir mis ojos me doy cuenta de que realmente nunca estuve solo. Me encuentro flotando inerte en medio de un calidoscopio de formas, figuras y colores. Decenas de ojos me miran; todos de manera chistosa, como si hubiera sido yo el objeto de alguna broma de ellos. Casi puedo distinguir las sonrisas de los pez mariposa y escuchar las carcajadas de los sargentos. Mi confianza ha regresado y me siento un poco avergonzado por permitir que el pánico invadiera mi precioso universo azul. Bajo las olas está mi cobijo, mi refugio, no tengo porque temer. Ahora entiendo por qué se reían. Lapsus brutus momentáneo mío... |